Hablando de teatro, Patrice Pavis considera que la fórmula mínima de la secuencia típicamente trágica sería algo así como que “El mithos es la mímesis de la praxis a través del pathos hasta la anagnórisis”. Así, para empezar, la cita pudiera parecer una pedantería por mi parte. En desagravio, vaya una traducción a lenguaje comprensible que aporta el mismo semiólogo, en la que sostiene que “la historia trágica imita las acciones humanas bajo el signo de los sufrimientos de los personajes (y de la piedad y el terror que provocan en el espectador) hasta el momento del reconocimiento de los personajes entre sí o de la toma de conciencia de la fuente del mal”.

Los acontecimientos que suscitan el planteamiento, nudo y desenlace de las elecciones municipales en Xixón obviamente no constituyen en sí mismos una historia de ficción ni imitan ninguna acción real. Sin embargo, no dejan de tener cierto regusto de tragedia clásica. Los efectos de cualquier acción dentro de ese acontecimiento no dejan indiferente a nadie. Provocan en todos los casos conflictos de carácter elevado, definidos casi siempre por el binomio divino/humano y por la explosión catártica de las pasiones.

En principio, todos los actores sociales de este hipotético y trágico pacto de gobierno sufren. En el caso de IU, porque la organización, víctima de su propio destino, se ve impelida a abrigarse bajo el paraguas del PSOE y a aceptar sus condiciones. En realidad se enfrenta a su propia desaparición. La posibilidad de adoptar una postura contranatura, como podría ser el apoyar a otra organización que no fuera la de siempre, supondría para IU un grave conflicto de identidad (escenificado en la disensión interna existente entre varios sectores) y un enfrentamiento con el poderoso. Sin embargo, a este actor social que parecía condenado a desempeñar un discreto segundo plano, la grandeza dentro del relato se la confiere la evidencia de que tenía en su mano gran parte de la solución al conflicto. Pudo haber adoptado un compromiso de cambio real, pero planteó un intento de vuelta a una situación mala pero conocida. De esta forma se refuerza en la imperfección, mostrándose a duras penas coherente con los valores por los que apostó tradicionalmente. La tragedia de ser el amigo del abusón de clase. En el público provoca piedad.

El rol del PSOE local es diferente. Es el héroe villista –o mejor dicho villano– movido, a grandes rasgos, por el resentimiento, la ambición, el orgullo y la soberbia. Para este actor social, el término “cambio” significa volver al orden preestablecido, o sea, de nuevo poder gozar del poder que detentaba, que se supone que es su objetivo. Un orden que, como orden humano y no divino, es imperfecto. Es una figura muy de Shakespeare; el malo malísimo, ataviado con máscara de esencia de la izquierda afable y simpática, y que funciona como símbolo de un sistema anacrónico, cruel, amoral, corrupto y podrido por naturaleza. Provoca terror.

Ricardo III es sin duda el personaje. Shakespeare construye una famosísima escena en la que el por entonces futuro monarca corteja a Lady Ana en el mismo entierro de su marido, al que previamente Ricardo había dado muerte. Sin embargo y contra todo pronóstico, ella acepta el anillo que él le ofrece. Comparten lecho y reino y al poco tiempo también Lady Ana será asesinada por Ricardo.

En el caso de Lady Ana se encontraría por un lado IU, que acepta el famoso anillo, quizás con menos objecciones que el personaje trágico, y que busca amparo en lo seguro, aunque relacionado directamente con lo corrupto e inmoral. Ello acabará, según indica la lógica del genial dramaturgo inglés, en muerte segura. Por otro lado está XSP, que no acepta el trato. Eso hace sufrir al PSOE, que hace lo posible y lo imposible por conseguir su objetivo, por las buenas o por las malas, urdiendo y desarrollando todo tipo de chantajes y estrategias.

El conflicto interno de XSP remite también a un dilema de connotaciones shakespereanas; el choque entre el deseo y la capacidad de acción. El “debo de hacer esto” frente al “a ver cómo me apaño para hacer esto”. Es el “ser o no ser” de la política municipal. Sin duda XSP es el rol protagonista de la acción dramática ya que es el agente que quiere que cambie la situación. Tiene el favor de la empatía del público, y los valores que le mueven son elevados y positivos, como los de cualquier héroe clásico. Sin embargo, se halla ante la disyuntiva de tener que escoger entre varias opciones, teniendo todas ellas graves consecuencias. Si acepta el anillo del monarca villano se traicionará a sí mismo; si no lo acepta, además de soportar la presión y el chantaje del despechado y sus asociados, ocasiona involuntariamente el refuerzo de un entorno hostil común a todos, las Erinias, que se personifican en el gobierno de Foro. Es aquí cuando se reconoce en la conducta del personaje principal el denominado “empecinamiento del héroe”, que es uno de los elementos fundamentales en el desarrollo de toda tragedia. Ninguna opción es buena para los intereses del protagonista, que sin embargo, reconociéndose a sí mismo y a su circunstancia (anagnórisis), toma conciencia de su situación, y tras asumir sus posibles errores en los procedimientos, para no verlos se arranca los ojos como Edipo y acepta finalmente su destino, consecuente con su idiosincrasia y con su propia realidad. Tal y como sucede con otros célebres ciegos de la literatura dramática, como el Rey Lear o Max Estrella, provoca en el público los dos efectos deseados: terror y piedad.

Aún es más complejo, porque la sociedad destinataria de este espectáculo está gravemente enferma. Un gobierno de derechas parece que no es una salida admisible y un gobierno de la falsa izquierda enmascarada desde luego tampoco lo es. La hipotética opción del apoyo de IU a XSP reforzado por el PSOE es inaceptable para los villanos, que cegados por su soberbia ven desplazada su ansia de protagonismo. Los coros, identificados con medios de comunicación, cantan alabanzas o lanzan dardos a unos y a otros según ordenen los corifeos, y quieren provocar así el cambio de la conducta del héroe buscando en ello el beneficio y defensa de sus intereses espurios. El reconocimiento de los personajes entre sí provoca una catarsis, una explosión de pasiones que afecta también al público, a la sociedad, y que se traduce en reuniones infructuosas donde, por mucho que disfruten de difusión pública en el presente de la acción, las posturas se muestran irreconciliables. Sin embargo, en esta triste pero necesaria catarsis, los actores sociales quedan perfectamente retratados y caracterizados, componiendo un reparto digno de encomio: los de arriba, los de abajo, los de la derecha, los de la falsa izquierda, los traidores, las máscaras, los comediantes sin gracia, los super-egos, los esbirros, los virtuosos, matones, soldados… Incluso los fantasmas del pasado que se aparecen como el del padre de Hamlet, o los bardos y bufones como contrapunto cómico al héroe, o el colectivo de brujos y brujas que domina el territorio de los espíritus y rige los destinos… La tormenta del día de la investidura confiere a la fábula una atmósfera llena de presagios y connotaciones bíblicas…

Pero lo que lo aclara todo es que no se trata de una tragedia. Se trata de la cruda realidad. En otras palabras, la praxis no constituye una mímesis del mythos. Por lo tanto, no se necesitan todos estos elementos para construirla. Aunque bien es verdad que en este relato de lo actual se detectan elementos como el pathos o enfermedad, que se puede identificar, a nivel de dramaturgia, con las distintas acepciones que se atribuyen a palabras como “cambio” o “izquierda”, y que conducen ineludiblemente al equívoco y a la falta de comprensión de la acción por parte del público, pero que aún así mantienen la intriga. Y convendría considerar otro elemento más, fundamental en la acción dramática, que es el tiempo. Al revés que ocurre en las escenificaciones teatrales, aquí no hay urgencia, o es relativa, ya que no estamos hablando de urgencia social, que sí la hay; hablamos de la urgencia de que se entienda la lectura del hecho trágico. Aún queda mucho para que este mensaje llegue con claridad y para que el verdadero desenlace se produzca. Pero entretanto ojalá se vaya consiguiendo que el teatro, la tragedia, sea verdaderamente un espejo de la sociedad y sirva para lo que debiera servir, que es para analizar y solventar sus problemas, para que la ciudadanía espectante tenga su propio proceso de anagnórisis o autorreconocimiento; y por la misma razón, que el hybris o empecinamiento del héroe se identifique en este contexto de lo real con el Pharmakos, el recurso para curar a la sociedad de su pathos o enfermedad, y que nos ayuda a identificar cuál es la fuente del mal.